A pesar de los avances en energías limpias, las fuentes de energía consideradas “sucias” —como el carbón, el gas y otros combustibles fósiles— siguen aportando una parte significativa de la producción eléctrica en España, representando alrededor del 29 % de la generación total de electricidad en el país en los últimos datos reportados. Esta situación evidencia que, aunque el país ha intensificado su transición hacia energías renovables, las fuentes tradicionales todavía tienen un peso relevante en la matriz energética nacional.
Las llamadas energías sucias se refieren generalmente a fuentes de energía no renovables cuya producción genera emisiones de gases de efecto invernadero y residuos dañinos para el medio ambiente. Entre estas están los combustibles fósiles como carbón, petróleo y gas natural, que han sido históricamente los pilares de la generación eléctrica moderna pero también los principales contribuyentes al cambio climático global.
La generación a partir de dichas fuentes ha sido cuestionada por ambientalistas y por organismos internacionales debido a su impacto en la calidad del aire, el calentamiento global y la salud pública, lo que ha llevado a muchos países, especialmente dentro de la Unión Europea, a impulsar políticas para incrementar la participación de energías limpias y renovables.
España ha experimentado un crecimiento sostenido en la generación de energía renovable en los últimos años, con avances significativos en eólica, solar e hidroeléctrica. Sin embargo, el hecho de que casi 3 de cada 10 kilovatios hora todavía provengan de fuentes consideradas “sucias” muestra que la transición no está completa y que el país aún depende de tecnologías tradicionales en momentos de alta demanda o cuando las renovables no pueden cubrir completamente la necesidad energética.
Esta situación presenta retos tanto técnicos como políticos. Por un lado, la integración de fuentes renovables variables como solar y eólica requiere de mejoras en la infraestructura de red y sistemas de almacenamiento para garantizar un suministro estable. Por otro lado, el cierre progresivo de centrales térmicas antiguas —como las de carbón— complica el equilibrio entre sostenibilidad ambiental y seguridad del suministro.
El uso continuado de energías sucias tiene implicaciones ambientales significativas. La quema de combustibles fósiles es una de las principales fuentes de emisiones de dióxido de carbono (CO₂), contribuyendo al calentamiento global y al cambio climático. Además, la contaminación atmosférica derivada de estos procesos afecta la salud de la población, especialmente en zonas urbanas densamente pobladas.
Desde una perspectiva económica, aunque las energías sucias pueden ofrecer costos relativamente bajos en infraestructura existente, también están sujetas a la volatilidad de los precios internacionales del petróleo y el gas, lo cual puede impactar en los costes finales de la electricidad para consumidores e industrias.
Las energías renovables —como la eólica, solar y la hidroeléctrica— han ganado terreno en la matriz energética española en la última década. Estas fuentes producen electricidad sin emisiones directas de carbono y están respaldadas por metas europeas y nacionales de reducción de emisiones y de ampliación de la participación de energías limpias en la producción total.
No obstante, la coexistencia de fuentes limpias y tradicionales plantea la necesidad de políticas energéticas equilibradas que permitan avanzar hacia un sistema más sostenible sin comprometer la seguridad del suministro eléctrico.
El desafío para España y otros países es acelerar la transición energética para reducir aún más la proporción de electricidad generada por fuentes “sucias”. Esto implica no solo aumentar la capacidad instalada de renovables, sino también innovar en tecnologías de almacenamiento de energía y modernizar la infraestructura de redes.
Además, lograr una reducción significativa de emisiones de gases de efecto invernadero requerirá esfuerzos coordinados entre gobiernos, empresas y ciudadanos, promoviendo inversiones en energías limpias y eficiencia energética para acercarse a objetivos climáticos tanto nacionales como internacionales.