En un movimiento que marca un nuevo capítulo en su política energética, Japón reactivó este miércoles el reactor número 6 de la central nuclear de Kashiwazaki-Kariwa, la mayor planta nuclear del mundo por capacidad instalada, casi quince años después del devastador desastre de Fukushima que obligó al país a detener la operación de todos sus reactores.
La planta de Kashiwazaki-Kariwa, ubicada en la prefectura de Niigata, al noroeste de Tokio, había estado cerrada desde el accidente nuclear y pasó por un riguroso proceso de inspecciones y mejoras en seguridad. Solo uno de sus siete reactores —el número 6— fue autorizado para reanudar operaciones en esta fase inicial.
Aunque el gobierno y TEPCO sostienen que se han implementado estrictos protocolos de seguridad para prevenir cualquier tipo de incidente, la reactivación ha generado preocupación y oposición entre la población local. En encuestas recientes, un gran porcentaje de residentes expresó su rechazo al reinicio de la planta, citando temores sobre posibles riesgos radiológicos que aún persisten en la memoria colectiva tras la tragedia de Fukushima.
Aunque el reactor fue reactivado el 21 de enero de 2026, las operaciones de inicio tuvieron que ser suspendidas al día siguiente tras detectarse una alarma en el sistema de control de barras del reactor, esencial para regular la reacción nuclear de forma segura. TEPCO aseguró que el reactor permanece estable y que no hay impacto radiactivo fuera de la planta, mientras se investiga la causa de la anomalía técnica.
Este tipo de controles forma parte de los procedimientos de seguridad para garantizar que los sistemas funcionen correctamente antes de que se retome la operación normal a plena capacidad.
La reactivación de Kashiwazaki-Kariwa tiene un valor estratégico significativo para Japón, un país con recursos naturales limitados que depende en gran medida de las importaciones de energía. La central, cuando opere a plena capacidad, podrá suministrar grandes cantidades de electricidad para apoyar tanto la industria como el consumo residencial, lo que contribuirá a reducir los costos energéticos en un contexto de alta demanda global de electricidad.
En el pasado, antes del cierre total de los reactores tras Fukushima, la planta generaba alrededor de 8.2 gigavatios de potencia cuando los siete reactores trabajaban simultáneamente.
La reapertura de la central ha reavivado el debate sobre la energía nuclear en Japón. Mientras algunos sectores aplauden el paso como una necesidad para garantizar la seguridad energética y la independencia del país, otros sostienen que los riesgos superan los beneficios, recordando el impacto ambiental y humano del desastre nuclear de hace más de una década.
La decisión de reactivar este reactor refleja también la apuesta del gobierno japonés por diversificar su matriz energética, impulsando la energía atómica como complemento a las energías renovables y otros combustibles, dentro de una política energética que enfrenta retos técnicos, económicos y sociales en un mundo en constante cambio.
Este hecho histórico representa el primer reinicio de una planta nuclear operada por Tokyo Electric Power Company (TEPCO) desde el accidente de 2011, que fue causado por un terremoto y un tsunami que desencadenaron una fusión del núcleo en la central de Fukushima Daiichi, lo que llevó a Japón a apagar todos sus reactores nucleares por motivos de seguridad.
La planta de Kashiwazaki-Kariwa, ubicada en la prefectura de Niigata, al noroeste de Tokio, había estado cerrada desde el accidente nuclear y pasó por un riguroso proceso de inspecciones y mejoras en seguridad. Solo uno de sus siete reactores —el número 6— fue autorizado para reanudar operaciones en esta fase inicial.
Aunque el gobierno y TEPCO sostienen que se han implementado estrictos protocolos de seguridad para prevenir cualquier tipo de incidente, la reactivación ha generado preocupación y oposición entre la población local. En encuestas recientes, un gran porcentaje de residentes expresó su rechazo al reinicio de la planta, citando temores sobre posibles riesgos radiológicos que aún persisten en la memoria colectiva tras la tragedia de Fukushima.
Aunque el reactor fue reactivado el 21 de enero de 2026, las operaciones de inicio tuvieron que ser suspendidas al día siguiente tras detectarse una alarma en el sistema de control de barras del reactor, esencial para regular la reacción nuclear de forma segura. TEPCO aseguró que el reactor permanece estable y que no hay impacto radiactivo fuera de la planta, mientras se investiga la causa de la anomalía técnica.
Este tipo de controles forma parte de los procedimientos de seguridad para garantizar que los sistemas funcionen correctamente antes de que se retome la operación normal a plena capacidad.
La reactivación de Kashiwazaki-Kariwa tiene un valor estratégico significativo para Japón, un país con recursos naturales limitados que depende en gran medida de las importaciones de energía. La central, cuando opere a plena capacidad, podrá suministrar grandes cantidades de electricidad para apoyar tanto la industria como el consumo residencial, lo que contribuirá a reducir los costos energéticos en un contexto de alta demanda global de electricidad.
En el pasado, antes del cierre total de los reactores tras Fukushima, la planta generaba alrededor de 8.2 gigavatios de potencia cuando los siete reactores trabajaban simultáneamente.
La reapertura de la central ha reavivado el debate sobre la energía nuclear en Japón. Mientras algunos sectores aplauden el paso como una necesidad para garantizar la seguridad energética y la independencia del país, otros sostienen que los riesgos superan los beneficios, recordando el impacto ambiental y humano del desastre nuclear de hace más de una década.
La decisión de reactivar este reactor refleja también la apuesta del gobierno japonés por diversificar su matriz energética, impulsando la energía atómica como complemento a las energías renovables y otros combustibles, dentro de una política energética que enfrenta retos técnicos, económicos y sociales en un mundo en constante cambio.