La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no solo está redefiniendo el equilibrio geopolítico en Medio Oriente, sino que también está generando efectos profundos en América Latina. En un contexto de alta dependencia energética y esfuerzos por avanzar hacia energías limpias, la región enfrenta un escenario complejo donde la transición energética se ve seriamente desafiada.
Desde el inicio del conflicto el 28 de febrero de 2026, los mercados energéticos han experimentado una fuerte volatilidad. Uno de los puntos más críticos ha sido el estrecho de Ormuz, una vía estratégica por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial y una proporción similar del gas natural licuado.
La interrupción o amenaza sobre esta ruta ha provocado un aumento inmediato en los precios del petróleo, afectando directamente a países dependientes de importaciones energéticas, incluidos varios de América Latina.
Aunque algunos países latinoamericanos son productores de hidrocarburos, muchos otros dependen en gran medida de la importación de combustibles. Esto hace que la región sea especialmente vulnerable a los cambios en los precios internacionales.
El encarecimiento del petróleo y del gas ha generado presiones inflacionarias, aumento de costos de transporte y electricidad, y tensiones en las finanzas públicas.
Sin embargo, este escenario también abre oportunidades para acelerar la transición hacia energías renovables, como la solar, eólica e hidroeléctrica, donde América Latina cuenta con un alto potencial.
La guerra ha puesto en evidencia una contradicción clave: mientras los países buscan reducir su dependencia de los combustibles fósiles, las crisis energéticas globales obligan a muchos a recurrir nuevamente a estos recursos para garantizar el suministro.
En este contexto, varios gobiernos de la región se enfrentan a decisiones difíciles:
El problema es que estas decisiones deben tomarse en medio de incertidumbre global y limitaciones fiscales.
El impacto no se limita al sector energético. El aumento de los precios del petróleo repercute en toda la economía:
Además, la volatilidad energética puede afectar la confianza de los inversionistas y retrasar proyectos clave en infraestructura y desarrollo sostenible.
La guerra también está reconfigurando las alianzas y estrategias energéticas en América Latina. Países como Brasil, México y Venezuela podrían beneficiarse de precios más altos del petróleo, mientras que economías importadoras enfrentan mayores dificultades.
Al mismo tiempo, la influencia de potencias como Estados Unidos y China en la región podría intensificarse, especialmente en proyectos energéticos y de infraestructura.
La crisis actual plantea un dilema central: garantizar el suministro energético en el corto plazo sin comprometer los objetivos de sostenibilidad a largo plazo.
Para América Latina, esto implica fortalecer su resiliencia energética, invertir en infraestructura y acelerar la adopción de energías renovables, sin dejar de lado la estabilidad económica.
La guerra entre EE. UU., Israel e Irán ha demostrado que la transición energética no ocurre en un vacío, sino en un entorno global marcado por conflictos, intereses estratégicos y volatilidad.
América Latina se encuentra ahora en una encrucijada: aprovechar la crisis como una oportunidad para transformar su matriz energética o quedar expuesta a las fluctuaciones de un mercado global cada vez más incierto.
El rumbo que tome la región en los próximos años será clave no solo para su desarrollo, sino también para su papel en el futuro energético mundial.