Irán apuesta al caos petrolero para presionar a Estados Unidos e Israel en una guerra de desgaste con impacto global

SUCESO IMPORTANTE EN EL SECTOR PETRÓLEO

Teherán ha colocado al petróleo, al gas y a las rutas energéticas del Golfo en el centro de su estrategia de guerra. Según un análisis publicado por Infobae con información de Reuters, la lógica iraní no pasa hoy por derrotar militarmente a Estados Unidos e Israel en términos convencionales, sino por prolongar el conflicto, encarecer la energía, tensar a los mercados y elevar el costo político y económico de la confrontación hasta forzar un repliegue o una salida negociada de Washington.

Irán apuesta al caos petrolero para presionar a Estados Unidos e Israel en una guerra de desgaste con impacto global

La nota sostiene que Irán busca convertir la guerra en un “duelo de resistencia”, combinando ataques con drones y misiles, amenazas sobre instalaciones energéticas y presión sobre corredores marítimos clave como el estrecho de Ormuz. Ese paso es especialmente sensible para la economía mundial: la Agencia Internacional de la Energía señala que por Ormuz transitaron en 2025 unos 20 millones de barriles diarios de crudo y productos petroleros, cerca de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo.

De acuerdo con el reporte, la cúpula iraní calcula que aún puede resistir el desgaste si logra repartir el dolor económico entre sus rivales y sus aliados. La estrategia, según fuentes y analistas citados por Reuters, consiste en golpear o amenazar nodos energéticos desde Qatar hasta Arabia Saudita, sacudir los precios del crudo y del gas, y probar hasta dónde llega la voluntad política de Estados Unidos para sostener una campaña prolongada en vísperas de mayores costos internos.

En ese marco, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica aparece como el verdadero centro de gravedad del poder iraní. El artículo describe a la Guardia como la estructura que mantiene el control de la conducción militar, ejecuta planes ya preparados y domina la toma de decisiones en plena guerra. También indica que, tras la muerte del ayatolá Ali Khamenei en los primeros ataques, la Guardia jugó un papel decisivo en la elevación de Mojtaba Khamenei como nuevo líder supremo, en una muestra de la creciente concentración de poder del aparato militar sobre el clerical.

Los expertos consultados presentan esta fase del conflicto como una batalla existencial para la República Islámica. Fawaz Gerges, de la London School of Economics, afirmó que el liderazgo iraní cree que su supervivencia está en juego, mientras que Alex Vatanka, del Middle East Institute, retrató al régimen como un actor herido pero más peligroso. En esa lectura, Teherán no necesita una victoria clásica: le bastaría con sobrevivir, resistir y demostrar que ni una ofensiva de gran escala de Estados Unidos e Israel pudo derribarlo con rapidez.

Uno de los factores decisivos será cuánto tiempo puede sostener Irán su campaña misilística. Según la publicación, funcionarios estadounidenses aseguran que una parte importante del arsenal iraní ya fue destruida, pero fuentes regionales creen que Teherán aún conservaría más de la mitad de su capacidad previa a la guerra. Si esa estimación fuera correcta, el régimen podría mantener ataques durante varias semanas, un periodo suficiente para seguir alterando mercados energéticos y aumentando la presión sobre Washington.

El cálculo iraní se apoya en una realidad conocida por los mercados: cualquier amenaza seria sobre el estrecho de Ormuz dispara temores de suministro. La EIA estadounidense había advertido ya en 2025 que ese corredor movía más de una cuarta parte del comercio marítimo global de petróleo y alrededor de una quinta parte del consumo mundial de petróleo y combustibles líquidos. La IEA, por su parte, insiste en que las alternativas para desviar grandes volúmenes son limitadas, lo que vuelve a Ormuz uno de los puntos más sensibles de la seguridad energética mundial.

La apuesta al caos petrolero no solo busca dañar a Estados Unidos e Israel. También apunta a los países del Golfo, cuyas exportaciones energéticas dependen de la estabilidad regional y de la navegación segura. El ataque reportado por Reuters a la refinería Bapco, en Baréin, y la presión creciente sobre infraestructuras del Golfo refuerzan la idea de que Irán intenta ampliar el radio del conflicto para transformar una guerra regional en una crisis económica internacional.

Mientras tanto, la economía iraní se adapta a un formato de guerra. Según fuentes citadas en la nota, mercancías que antes podían pasar semanas en puertos ahora se despachan con prioridad, y el papeleo queda relegado para después. El objetivo sería mantener activas las líneas de suministro, sostener la gobernabilidad y consolidar todavía más el control de la Guardia Revolucionaria sobre el aparato estatal. Pese a los bombardeos, el reporte no identifica por ahora señales claras de fractura interna, protestas masivas o deserciones de élite.

Esa estabilidad relativa es clave para la resistencia de Teherán. Un observador citado por Reuters describió una capital bajo bombardeo, pero funcional: bancos y tiendas abiertos, suministros disponibles y una población que, aunque sacudida, no ha abandonado en masa la ciudad. Incluso, según esa versión, los ataques externos podrían estar produciendo un efecto nacionalista no previsto por Washington e Israel, fortaleciendo temporalmente al régimen en vez de precipitar su colapso.

Del lado estadounidense, el presidente Donald Trump afirmó ante legisladores republicanos que la guerra continuaría hasta que Irán fuera “total y decisivamente derrotado”, aunque también dijo prever un final próximo. Sin embargo, el análisis citado por Infobae plantea que la verdadera prueba no será solo militar, sino política: si los precios de la energía siguen subiendo y el malestar económico se profundiza, la Casa Blanca podría verse tentada a declarar victoria parcial y buscar una salida antes de que el desgaste erosione el respaldo interno.

Las primeras señales del costo global ya eran visibles al momento de la publicación. El artículo menciona alzas en petróleo y gas y una inquietud creciente en Washington por las consecuencias económicas del conflicto. Esa sensibilidad coincide con la importancia sistémica de Ormuz para Asia y Europa: cerca del 80% del petróleo que atraviesa el estrecho tiene como destino mercados asiáticos, según la IEA, lo que multiplica el alcance del shock más allá del Golfo.

En síntesis, la apuesta iraní al “caos petrolero” responde a una lógica de supervivencia estratégica. Teherán parece asumir que no necesita imponerse en todos los frentes, sino sostener suficiente capacidad de daño como para volver la guerra demasiado costosa para sus enemigos y para el sistema energético internacional. Si esa estrategia funciona, Irán podría salir del conflicto debilitado, pero aún en pie; si fracasa, el costo para su estructura militar, política y económica podría ser devastador. Por ahora, la gran incógnita, como plantea el propio análisis, es quién cederá primero en esta guerra de desgaste.

 

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Jeisson Peña



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